Hay quienes dicen que el paraíso es terrenal. Muy cerca de la cordillera estaban estas tierras olvidadas, despobladas, teñidas de verdes, con olor a sangre fresca. Los recuerdos de quienes las vivieron flotaban en el aire, meneándose entre lengas, cipreses, alerces, arrayanes, amancays... entre los bosques húmedos que rodean el lago Nahuel Huapi.Llegaron a caballo, como los conquistadores del siglo XV, sólo que era 1917. El caserío más cercano era Bariloche, donde antiguamente estaban las tolderías de los indios Vuriloche, apenas callecitas, apenas gente nueva. El paisaje era la cosa más incríble que ellos habían visto en su vida. Eran cinco, el viaje había sido largo, en Buenos Aires quedaba su familia que los había despedido en la estación de tren. La Patagonia estaba lejos pero decían que tenía lugares maravillosos y campos que prácticamente se regalaban con tal de que sean poblados por argentinos.En parte por la aventura, por el amor a la patria, o por la realidad económica que se vivía en el “granero del mundo” donde muchos no necesitaban trabajar, estos partieron rumbo hacia el sur, sin prisa ni pausa.Don Aarón Anchorena encabezaba el grupo. Aventurero de alma, ya había sido el primer argentino en volar en globo y cruzó nada menos que el río de la plata en su primer intento, teniendo que tirar todo el equipaje por el camino por el exceso de peso. Hombre de carácter fuerte, soltero y dueño de una riqueza increíble que fue lapidando durante su vida para morir casi en la pobreza.Fue cerca de 1903 cuando se había lanzado en un viaje que lo llevó al Río Limay donde se encontró con el Perito Moreno que estaba trabajando sobre la cuestión de los límites con Chile. La amistad que entablaron le sirvió a Aarón para gestionar el alquiler, por 99 años, de la isla más pintoresca del Nahuel Huapi, la isla Victoria, con la única condición de hacer de aquel sitio un rincón más lindo aún.Tomó la patagonia como su casa y trajo consigo a sus sobrinos para que en sus venas también corriese la misma pasión por la tierra. Carlos, Fermín, Nicolás y Luisito Ortiz Basualdo, hermanos, jóvenes entrando a su segunda década, emprendieron este viaje que marcaría a fuego sus vidas conectándolos de una manera muy especial con este lugar tan atractivo como un Van Gogh.El traqueteo del tren que los llevaba hasta general Roca, el polvo de los caminos de tierra que recorrieron en el Ford “Overland” hacia Junín de los Andes, los caballos, las huellas que los guiaban al corazón de las montañas, era todo muy diferente a su rutinaria vida en la capital, cansador, pero no menos interesante para éste pequeño grupo. Y llegar a estos lugares es como un abrazo al alma, como el beso de la persona que amás, como encontrarte con Dios cara a cara. La frescura del agua mansa del Nahuel Huapi, que bautizó la voz mapuche, ”isla de tigre”, la estepa árida que tan rápido se convierte en tupidos bosques húmedos, el sol que acaricia en verano, el viento pálido, los animales que se esconden entre tanta vegetación, los que trajeron los Ortiz Basualdo, el ciervo colorado, los javalíes, faisanes, osos alemanes... No fue difícil la decisión ni la adquisición de rincones en aquel lugar. El estado había delineado en un mapa las fracciones de tierras y por poco dinero y escasos trámites se podía acceder a ellos. Compraron entre los cuatro hermanos la península Huemul, que queda a unos 45 kilómetros de Bariloche. Cinco años más tarde harían un caserón de cuatro pisos y 50 ambientes para sus familias.El romance que vivieron con estos lugares los hizo vivir gran parte del año allí. Pero la vida depara diferentes caminos para todos y Carlos murió ahogado en el lago siendo aún muy joven y con dos hijos muy pequeños. Leonora, su mujer, no pudiendo resistir el recuerdo decidió comprar el lote número 22 de las colonias pastoriles de la zona del correntoso, actualmente Villa la Angostura, campo que llamó “Las Estacas”.Se construyó una casa, más austera, pero no menos encantadora, con una vista al lago que muchos aseguran es la más linda de los alrededores. Esto había sido habitado por un tal Marimón muchos años atrás quien había dejando marcado su paso con senderos y corrales de piedras arriba de las montañas, donde se lleva la hacienda en el verano.Las generaciones pasan con el tiempo, y a la gente la lleva el viento, pero el amor arraigado hacia esos escondites queda como un regalo que se va heredando. Las puestas de sol detrás de las montañas, los senderitos que se afinan arriba en las veranadas, el olor a mojado, el ruido del motor de la electricidad.La gente que lo cuida todo el año espera ansiosa la llegada de la familia Ortiz Basualdo, en verano, en invierno, siempre con las calderas y la chimenea ardiendo. Porque quedarse es escaparse del mundo, dormir entre tantos edredones y colchones gordos es el sueño antes de cerrar los ojos. Y tal vez por todo esto se eligió en los años ´60 para el encuentro de Frondizi con Eisenhoward .En las estacas las frambuesas son más ricas, son silvestres, como las frutillas chiquitas del parque. Los ruidos de los afluentecitos son música que acompaña la escenografía y el arroyo “La Estacada” es el deshielo que baja con furia para encontrarse con la disciplina del Nahuel. La playa, divina, con arena y piedritas volcánicas llena de hilos de agua que bajan quien sabe de donde y quien sabe con que historias. Cangrejos. Lanchas. Botes. Lagartijas.Es comer dulce de leche cuando estas a régimen, reirte hasta que duela la panza, soñar y creer en el sueño, es el último día de clases, el abrazo a tiempo, ir a Las Estacas es probar un poco aquello que llaman felicidad, es entrar por un tiempo al hábitat de Adán y Eva.